domingo, 14 de febrero de 2010

Dos morales

Creo que hay dos morales: la moral que se predica y la moral que se practica.

Volvamos a Roma, al imperio romano. Los patricios, los romanos, los extranjeros, los esclavos... La religión cristiana me parece la religión del Dios clavado en la cruz, un suplicio reservado a los esclavos; los más grande, Dios, al servicio de lo más bajo, el esclavo; el fuerte al servicio del débil.

¿La realidad? Hombre, pues me parece evidente. Para los poderosos era interesante, muy útil, que se predicara tal moral; pues les permitía tener a sus esclavos satisfechos, felices.

Mientras él practicaba la moral que le dictaban sus instintos, la moral de la fuerza: si la tonta de su esposa, ya vieja, fea y celulítica, con la que se había casado sólo por su dinero y por
su parentesco familiar, era una fervorosa cristiana, mejor que mejor, pues así él podía atender a la hija de tal o cual criado, mientras la tonta estaba en tal o cual iglesia rezando el rosario.

Mejor que mejor, coño, qué cosa más conveniente fue tal moral: el poder religioso unido al poder civil, el catecismo unido a la espada. Para que los poderosos medraran a su antojo y los esclavos fueran felices en su esclavitud. Todos contentos.

Aunque comprendo que tal moral, después de dos mil años, ha acabado metiéndose dentro de nuestra mente: costará arrancarla. Necesitamos formular una nueva moral, la moral de la vida, la moral que nace de nuestro interior, de nuestras células: la única moral que hasta ahora se ha practicado, aunque nunca formulado.

Narcís

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